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EL DOLOR EMOCIONAL


El cuerpo no tiene el monopolio del sufrimiento. El dolor emocional, el dolor de nuestros corazones y mentes, es mucho más frecuente y tan perjudicial como el físico. Este tipo de dolor puede adoptar formas muy diferentes. Tenemos el dolor de la auto-condenación, cuando nos echamos la culpa de algo que no hicimos, o cuando nos sentimos indignos o estúpidos y sin confianza en nosotros mismos. Existe dolor en la angustia, la preocupación, el miedo y el terror; en la pérdida y en la aflicción; en la humillación y la vergüenza; en la desesperación y la desesperanza.

Podemos llevar en lo más profundo de nuestro corazón cualquier tipo de dolor emocional y, con frecuencia, durante gran parte de nuestras vidas, como una pesada y, a veces, secreta carga que, muchas veces, hasta nosotros mismos desconocemos.

Al igual que con el dolor físico, podemos mostrar atención sobre nuestro dolor emocional y emplear su energía para tomar consciencia y sanar. La clave consiste en que nos mostremos dispuestos a investigar en él, a observarlo, a abrirnos a él con conciencia y a trabajar con él igual que lo haríamos con cualquier síntoma, con el dolor físico, o con una idea que nos venga a la mente con reiteración.

Por lo general, nuestra tendencia natural es la de evitar sensaciones de dolor siempre que nos sea posible y protegernos de él cuanto podamos para no ser arrastrados automáticamente por toda una marea de sensaciones. En cualquiera de los casos, nos encontramos muy preocupados con la mente demasiado turbada como para acordarnos de observar, en esos momentos, de forma directa y con los ojos de la integridad; es decir, a menos que hayamos entrenado nuestra mente a ver sus propios trastornos -sean los que sean- como oportunidades para responder de formas nuevas en vez de convertirnos en víctimas de nuestras propias reacciones.

Al final, el daño que se produce cuando negamos o evitamos nuestros sentimientos o nos perdemos en ellos sólo sirve para aumentar nuestro sufrimiento.

Dolor Emocional Al igual que el dolor físico, el emocional también intenta transmitirnos algo. También es un mensajero. Los sentimientos han de ser reconocidos, al menos, por nosotros mismos. Debemos sentirlos y enfrentarnos a ellos. No existe otra forma de manejarlos. Si los ignoramos, reprimimos, suprimimos o sublimamos, se esconden y es difícil darles una solución y encontrar la paz. Y si, sin conciencia de lo que hacemos, los exageramos o dramatizamos, o nos preocupamos por la confusión que crean, permanecen por más tiempo y hacen que nos quedemos atascados.

Por raro que nos parezca, el conocer expresamente nuestros sentimientos en momentos de sufrimiento emocional encierra en sí mismo las semillas de la sanación.

Somos nosotros quienes ahora asumimos la responsabilidad de sentir lo que sentimos en ese momento, porque es lo que ocurre ahora en nuestra vida. Esos momentos de dolor deben ser vividos tan plenamente como los demás y pueden, de hecho, enseñarnos mucho, aunque seamos pocos quienes estemos dispuestos a buscar esas lecciones por nuestra propia voluntad.

Podemos percibir en nuestro dolor, incluso cuando lo estamos sintiendo, que parte de él proviene de la no-aceptación; del rechazo de lo que ya ha acaecido o se ha dicho o hecho; de querer que las cosas sean de otra manera, más como nos gustarían, de controlarlas mejor. Tal vez nos gustase tener otra oportunidad. Tal vez queramos dar marcha atrás y hacer algo distinto, o decir algo que nunca dijimos, o recuperar alguna cosa. Tal vez nos precipitemos a conclusiones sin conocer bien el asunto y nos sintamos heridos sin necesidad de ello por nuestras propias reacciones prematuras.

Existen muchas formas de sufrir, aunque por lo general sólo sean variaciones de unos cuantos temas básicos.

Si prestamos atención cuando estamos en medio de una tormenta emocional, quizás veamos en nosotros mismos una falta de disposición a aceptar las cosas como son, nos gusten o no. Quizás esa parte de nosotros que ve eso se haya adaptado de alguna manera ya a lo ocurrido o a nuestra situación. Quizás, al mismo tiempo, haya reconocido que nuestras sensaciones todavía necesitan llegar hasta el final, que no están preparadas para aceptar o tranquilizarse, y que no hay nada de malo en ello.

Nuestra falta de voluntad para aceptar las cosas puede ser totalmente adecuada en ese momento. Podemos sentimos amenazados por una inminente catástrofe o por una sensación de desamparo, o puede ser también que hayamos sufrido una importante pérdida, que hayamos sido enga¬ñados por alguien, o que hayamos cometido algún juicio erróneo por el que sintamos remordimientos y no estemos dispuestos a “aceptar, así como así”

La aceptación no quiere decir que nos guste lo ocurrido, ni que nos hayamos resignado a ello por las buenas. Como utilizamos aquí la palabra, sólo quiere decir que admitimos el simple hecho de que lo que haya ocurrido ha ocurrido ya y pertenece, por tanto, al pasado. Con mucha frecuencia, la aceptación sólo puede llegar a su debido tiempo, cuando la tormenta amaina y se calman los vientos. Sin embargo, la sanación que pueda producirse tras la devastación depende de lo despiertos que estemos, de cómo nos enfrentemos al problema y de si somos capaces de observar con sabia atención lo que nos ocurre.

En momentos de sumo estrés, podemos damos cuenta de que ciertas ideas y sentimientos se repiten con mucha frecuencia. Van y vienen una y otra vez haciendo que sigamos reviviendo lo que acaeció, o preguntándonos qué pudimos hacer de forma diferente, o cómo pudo llegar a ocurrir algo así. Puede ser que nos echemos una y otra vez la culpa, o que culpemos a algún otro, o que volvamos a vivir de nuevo algún momento especial, o que no cesemos de preguntarnos qué será lo próximo que suceda, o qué va a ser de nosotros ahora.

Sin embargo, si somos capaces de tomar conciencia, si les prestamos la debida atención, también nos daremos cuenta de que incluso esas imágenes, ideas y sentimientos recurrentes tienen un mensaje que debemos escuchar.

¿Por qué no mostrar compasión, amabilidad y simpatía hacia nuestro propio ser, incluso cuando nos sentimos llenos de dolor? El hecho de tratarnos con la misma amabilidad que dedicamos a otras personas que sufren constituye por sí mismo un maravilloso acercamiento a la sanación.



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